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Salta (inconclusa)

A través de quienes saben, supe que las tierras de cerros y montañas, de clima generalmente seco, dan vida a una gama de vegetación cuyos frutos concentran el sabor de su especie. Esto fue Salta. Esa uva torrontés aromática, sus deliciosos tintos de altura, cumbres blancas y cardones en flor. En sus venas corre el más refinado folclore y en sus telares se teje la historia. El tiempo no es piadoso, deslizóse rápido y voraz como el agua que socava sus valles y quebradas. El viajero desprevenido corre el riesgo de quedar cautivo de los colores y matices que, como velos, cubren cada ladera, en una armoniosa combinación de vegetación y piedra, y dormirse en un mullido lecho de tolas, surcando la oscuridad del cielo, esquivando sus infinitas estrellas. Salta, testigo inmutable de la forja de nuestra independencia, continúa hoy mostrando el camino a través de la calidez de sus peñas y sus ciudadanos que las alimentan con la fuerza de su rica tradición. Los cardones, desde lo alto de los c...

Taxi

Lejos de ser el frío que cala los huesos, esta brisa abraza mi cuerpo con frescura. En la piel se conjuga el alivio por el abrasador calor que disipa y la nostalgia por la ausencia de tu abrigo. Y mi nariz, que juega saltando de perfume en perfume en el viento que entra por la ventanilla del taxi y se arremolina en la cara, el cuello, las piernas. Hay perfumes que nunca fueron tuyos y, sin embargo, en ellos te encuentro. Hace rato que la ciudad duerme, quedando en manos de unos desdichados sonámbulos.

Bajo

Me cansa. Me agota. El viento, la rabia, el sudor. La saliva. La saliva se empasta en la boca, desliza y pende en la comisura. Sella los labios. Los labios callan las súplicas del corazón. La mugre. El viento. En remolinos decantan dentro y sedimentan el alma. Me cansa. Me agota. El viento. Perfume y palabras. Avenida de Mayo me ve correr las que se escapan de mis dedos. Me agotan. Papeles. Gritos. Gentío. Cada uno aglutinado. Cada otro, atomizado. El subte lleva y trae cantos rodados. La tierra nos devora vivos.

Granujas

A veces se me revuelve tanto el estómago pensando, que necesito más un licuado de antiespasmódico y ranitidina, que vomitar palabras sobre un papel o un teclado. No por temor a ensuciarlos, sino por un temor mucho más horrible y repulsivo, el temor por “el qué dirán”. Sumidos como estamos en tanta mierda, pareciera que algunos nos preocupamos por cómo olemos, mientras que otros, más por cómo huele el resto. Y es la primera vez que uso vocablos soeces. Se siente… ¿Catártico? Puede ser. ¿Descontracturante? También. Pero creo que refleja de alguna forma la crudeza y la violencia en la que se desenvuelven nuestras vidas en las grandes urbes. Hoy no es un buen día. Hoy percibo la raza humana mucho más como el virus que “vaticina” Matrix . Uno de esos días en que no importan las cosas buenas en este mundo porque de cualquier manera van a ser corrompidas y una vez putrefactas, caerán en la tierra estéril por años de negligencia, olvido, masacre y radiación, se colarán entre las hendija...

EJERCICIO TÉCNICAS DE NARRACIÓN PERIODÍSTICA

¿Cómo – casi – tumbar un velero? El aire podría haber sido puro en el Yacht Club San Isidro, de no haber estado manchado con ligeras nubes de los gases de combustión de la mezcla de nafta y aceite, típica de los motores fuera de borda de dos tiempos. No importaba, habíamos finalizado el curso y, como corolario, tendríamos nuestro viaje a la República Oriental del Uruguay. Jamás se me hubiese ocurrido que en algún momento de mi vida viajaría al exterior (por muy cerca que esté Uruguay), en un barco o, mejor dicho, en un velero de casi ocho metros y medio de largo, es decir, de eslora. Bajo el sol de la mañana de un sábado de enero, sacamos al Ursitarsen I° de su sueño, acomodamos su trailer bajo la pluma grande y, tras unos simples movimientos, estaba meciéndose en las aguas del canal. Todos los bolsos estaban a bordo y el trámite ante Prefectura Naval Argentina, lo que se llama Rol de Despacho, estaba hecho. Ahora ellos sabrían que éramos cuatro tripulantes: Leo, su novia Lail...

perfume

Y su perfume acarició mis sentidos, como lo hacen esas dulces brisas que cruzan el límite entre la primavera y el verano. Pero no hay respuestas y se necesita olvidar. Hay una música en el planeta que todo lo puede. Esa misma música que nos mece y nos viva, nos pierde y nos encuentra; lava pacientemente las penas, hasta convertirlas en enseñanza. En su búsqueda quiero partir. Una a una, las defensas ruedan dentro. El silencio se destaca con aires de nobleza, aunque levemente traicionado por el murmullo del viento, que trata de infundirme paz y confianza y, por qué no, compañía. Las verdes copas de los árboles se bambolean suavemente, saludan. Siento sus palabras; ‘buenos vientos’ parecen mascullar mientras se empequeñecen a medida que me alejo, lentamente. Con la caña sujeta y de proa al viento, izo las velas. La mayor parece bostezar, como despabilando sus ansias de hacerse al agua. Con delicada firmeza cacé el pujamen y repiqué su driza. Allá delante, un foque danza vertigino...

Caldo de vida

Como pocos, el agua es un elemento indispensable para la vida, como así también lo es el aire. Desde tiempos inmemorables, han sido objeto de fascinación y asombro. Unos han levantado la vista al cielo y soñaron con emular el batir de alas de las aves y hacer propio un medio para el cual, la Naturaleza, nos ha dotado con ninguna herramienta para domarlo a nuestro antojo, más que nuestro intelecto. En lo personal, lo encuentro cuasi alucinógeno el solo hecho de pensar en las alturas, el sonido del aire arremolinándose en nuestras orejas... ¿Quién no ha soñado alguna vez con volar? Ser dueño, así sea temporal, de esa dulce soledad, ese acercamiento a los astros, atravesar las nubes y reunirse con Dédalo. Y el agua, sea dulce o salada, en cualquiera de sus manifestaciones; lagos, ríos, mares y océanos. Tiene la magia de lo inconmensurable y abraza el misterio de lo infinito. Tan vital para nosotros, como lo es para todas aquellas especies, innumerables también, que de ella se alimentan,...