¿Cómo
– casi – tumbar un velero?
El aire podría
haber sido puro en el Yacht Club San Isidro, de no haber estado manchado con
ligeras nubes de los gases de combustión de la mezcla de nafta y aceite, típica
de los motores fuera de borda de dos tiempos. No importaba, habíamos finalizado
el curso y, como corolario, tendríamos nuestro viaje a la República Oriental
del Uruguay. Jamás se me hubiese ocurrido que en algún momento de mi vida
viajaría al exterior (por muy cerca que esté Uruguay), en un barco o, mejor
dicho, en un velero de casi ocho metros y medio de largo, es decir, de eslora.
Bajo el sol de
la mañana de un sábado de enero, sacamos al Ursitarsen I° de su sueño,
acomodamos su trailer bajo la pluma grande y, tras unos simples movimientos,
estaba meciéndose en las aguas del canal. Todos los bolsos estaban a bordo y el
trámite ante Prefectura Naval Argentina, lo que se llama Rol de Despacho,
estaba hecho. Ahora ellos sabrían que éramos cuatro tripulantes: Leo, su novia
Laila, Soledad y yo, junto a Miguel, capitán y dueño de la embarcación, rumbo
al puerto de Conchillas, Uruguay.
Leo y Laila
estaban en sus 32; Sol, 30; Miguel, un poco más maduro, con 54 años. Yo tenía
24, pero por dentro corrían los cuarenta y pico que tenía Vito Dumas. Él si
supo cómo pegarle la vuelta al mundo a vela, en plena Segunda Guerra Mundial,
sin motor y sin radio por miedo a interferir en comunicaciones que no le
correspondían.
Otros dos
barcos nos acompañaban en la travesía pero el nuestro era el más grande, por lo
que la idea de navegar en grupo o en conserva se diluyó rápidamente por un
factor clave: el cuerpo sumergido del barco no nos permitiría pasar por encima
de los bancos de arena. Antes de zarpar, especulábamos rutas alternativas sobre
una carta náutica. Me sentía heredero de Guillermo Brown o la reencarnación de
Francisco Drummond, hasta que aparecía Miguel con su metro setenta, panza
cervecera, barba prolija, chomba y gorra de Wolksvagen, con su GPS a todo color
y con una ruta hecha con waypoints (unos puntos con coordenadas específicas que
trazan el camino o derrotero), predeterminada que nos aseguraría un éxito
rotundo en nuestra campaña. Adiós brújula, reglas y compases.
Navegamos el
canal a motor camino a la desembocadura. Izamos la vela mayor, la que se
encuentra en la mitad del barco, y extendimos la de proa (adelante, de acuerdo
al sentido normal de avance). El motor nunca se apagó, debimos dejarlo de apoyo
pues el viento no nos favorecía. De lo contrario, habríamos sido una suerte de
caracol a vela, remontando las diminutas olas del Río de la Plata.
Saqué mi
réflex de 35mm, rollo nuevo, lente tele de 135mm y comencé a disparar.
Retratos, buques mercantes que se aproximaban y se alejaban, todo lo que podía
resultar interesante. ¿Quién hubiese podido saberlo? Tal vez más adelante
podría registrar alguna nave fantasma, errante desde la batalla de Vuelta de
Obligado, donde nuestra incipiente armada logró detener el avance de la
escuadra anglo-francesa hacia mediados del siglo XIX.
Dos horas
después me sentía aquel sobreviviente del buque colombiano ARC Caldas cuya
experiencia tan bien detalla García Márquez en su “Relato de un náufrago”. Se
podía comprobar que el Río de la Plata es uno de los más anchos del mundo
porque ya no distinguíamos nuestra costa y no veíamos la uruguaya. Agua por
aquí, agua por allá. ¡Ah! ¡Y bichos por todos lados!
Ya no quería
más sándwiches de milanesa con mayoliva. Quería llegar al Uruguay.
El tiempo le
alcanzó a Leo, que desde la zarpada se acostó sobre la cubierta en proa, para
absorber una enorme cantidad de radiación solar. Se cocinó a fuego lento,
especialmente la espalda, aunque por lo menos hasta entonces no pareció
importarle mucho, tal vez el calor podría ayudarlo a reducir esa panza que le
dio la convivencia y el buen comer. Laila y Sol, precavidas, se embadurnaron su
piel blanca con protector, yo sólo me quemé los hombros. En cuanto a Miguel… tenía los brazos curtidos y en ningún momento
se sacó la chomba o la gorra, ni se desprendió de sus anteojos deportivos
oscuros.
Si uno ve en
una carta la ubicación de nuestro destino, diría que puede unirse con una línea
recta, sin interferencias, con San Isidro, pero en nuestro caso el desvío hacia
el sureste, luego virar al norte para finalmente poner rumbo noroeste, era
obligado si no queríamos clavar la embarcación en la mitad del río que, cabe
destacar, tiene una profundidad promedio de aproximadamente un metro y medio,
sin sudestada y sin tener en cuenta los canales de acceso de embarcaciones
comerciales de gran porte, como el Mitre, que son dragados a tal efecto.
Alrededor de
las 15.00 comenzamos a acercarnos a la costa uruguaya. Miguel nos dio la orden
de atar el gallardete o banderín con la bandera oriental en el cable de acero
que va de la punta del palo hacia el costado derecho de la nave. Habíamos
llegado. Estábamos en otro país y nuestro medio de transporte fue impulsado por
el viento (y un poco de combustible también. No pude evitar pensar en los
viejos vapores, los antiquísimos y pequeños barcos pesqueros que satisfacían el
mercado local en expansión.
A las 16.30,
estábamos ingresando al arroyo Conchillas, rumbo al puerto. Las otras dos
embarcaciones estaban esperándonos, no tenían los mismos problemas de
profundidad que nosotros y pasaron por encima de los bancos.
Parecía que no
nos habíamos visto por una semana. Los brazos de todos se sacudían por encima
de nuestras cabezas, agitando las manos.
“¡Hey! ¿Cómo
fue su viaje? ¿Pasaron por encima de los bancos?”
“¡Si!
¡Buenísimo! ¿Ustedes se tiraron al agua?”
“¡Si, estuvo
genial!”
Después nos
contaron que los otros habían atado firmemente el extremo de una soga a la
parte de atrás de su barco y en el otro extremo, gracias a un nudo especial,
habían armado una especie de estribo. Parados en el borde, estribados en el
extremo de esa soga, saltaban al agua. Pudieron refrescarse y sentirse
Aquamanes y Aquawomen por un rato. ¡Malditos! No me importó, nosotros habíamos
eludido buques fantasma y temerarias escuadras navales y habíamos salido
ilesos, pero no lo dije, no sea cosa que quisieran volver junto a nosotros y
robarnos el crédito.
Ahora sí,
todos juntos nos dirigimos al destacamento del Puerto de Conchillas de la Prefectura Naval
de Uruguay a hacer el papeleo pertinente. A la vuelta, nos tiramos en una playa
cercana a comer una picada y tomar unos aperitivos. Varios corrimos, sólo con
la malla puesta, al agua. Estaba tibia y calma. Pudimos refrescarnos y calmar
la insolación del viaje.
Compartimos la
experiencia de los otros tripulantes hasta que la noche nos alcanzó. Miguel
había preparado al URSITARSEN para la ocasión. Dos barras tensaban una lona sobre nuestras
cabezas a modo de toldo cubriendo el exterior del barco o cockpit. Las tres
tripulaciones entrábamos ahí, algunos más apretados, otros sentados en el techo
de la cabina. Fue
una cena a la canasta en la que hubo hasta pan de carne y, como buenos nautas,
no faltó vino ni Fernet. Sol se había apostado en el interior de la cabina y
autoproclamado bartender. Yo no hubiese podido con mi metro noventa de altura,
contra el metro setenta, aproximado, entre el piso y el techo.
La noche era
un espectáculo de silencio interrumpido por nuestras risas y comentarios, el
río era casi un espejo donde se reflejaban las lámparas amarillentas mientras las
olas golpeaban suaves el casco y nos mecían ligeramente. Ese sonido era por
demás relajante.
La charla y
las risas se prolongaron hasta casi las diez. El sueño era indispensable para
emprender el retorno al día siguiente, lo más temprano que se pudiese.
Leo tuvo que ducharse
con agua fría para mitigar un poco el dolor de las quemaduras. Luego Laila le
untó una crema post solar y juntos se acostaron en la cucheta de proa. Sol
compartió una cama improvisada con Miguel, mientras que yo, gracias a mi
altura, debí extender mi bolsa de dormir dentro de la conejera disponible, un
espacio semejante a un nicho que comienza en la popa y se extiende poco menos
de un metro noventa por el costado, pegado al casco de la embarcación.
Me despierto
alrededor de las nueve de la mañana bañado en transpiración. La suma de bolsa de
dormir térmica, fibra de vidrio y exposición directa del sol había convertido
esa conejera en un pequeño horno. Salto a tierra y me refresco en el baño del
puerto. Los capitanes de los veleros volvían de hacer los trámites de salida
con una advertencia bajo el brazo: Prefectura les había informado de una
tormenta. Como era (y sigo siendo) inexperto en las artes náuticas, confié en
el criterio de los capitanes y a las 10.30 estábamos alejándonos de la costa
del país hermano.
El viento
soplaba desde el nornoroeste con una intensidad que nos permitía navegar sin apoyo
del motor, sólo a vela. El dolor de Leo por la quemadura lo llevó a reposar en
la cucheta de proa, en el interior del URSITARSEN. Pronto la costa era una
línea verde en el horizonte que dejábamos detrás y el que teníamos por delante
estaba decorado con una gruesa capa de nubes grises. Dos horas después esa capa
se había dispersado por todo el cielo; ya estábamos en el medio del río. Llovía
poco, pero el viento soplaba con más fuerza. Había estado al timón por casi una
hora, hasta que nos aproximamos a un barco hundido señalado por dos boyas. Si
el capitán no hubiese tomado el timón, tal vez la maniobra que hubiese estado
dispuesto a realizar nos habría llevado a la tragedia; dejar el casco sumergido
por nuestra izquierda, con el viento soplando desde nuestra derecha, podría
habernos tirado encima del peligro.
El barco se
inclinaba sobre su costado izquierdo, es decir, escoraba a babor. Junto a Sol y
Laila nos sentamos sobre la banda opuesta, con las piernas colgando haca
afuera, haciendo peso para que vuelva a enderezarse un poco. Era el que estaba
más cerca de la proa y con cada cabeceo del barco, me bañaba un poco más con
las aguas limosas. No me molestaba, estaba tibia y la prefería antes que el viento
fresco. Parecía que estábamos en uno de esos juegos en un parque de diversiones,
un Zamba, sólo que no estábamos sujetos a la tierra. El barco
escoraba y volvía a enderezarse o adrizarse con violencia. Laila bajó a la
cabina y nos trajo a cada uno su chaleco salvavidas. Esperaba que pasara algo
más, aunque no sé muy bien qué, excluyendo la idea de naufragar. En ese momento
poco importaban nuestras profesiones, como si el hecho de que Leo trabajase en
una distribuidora de productos alimenticios, Laila en medios audiovisuales, o
Sol, como experimentada veterinaria, fuesen a cambiar el clima o mejorar la
performance de la nave.
Miguel, como despachante aduanero, no había logrado su
expertise en la náutica por su profesión, sino por la experiencia, mientras que
yo, como incipiente estudiante de ingeniería naval, sólo aportaba detalles
sobre la mecánica de la
navegación. Pero en ese momento nada de eso servía, cada uno
desempeñaba un rol que terminaría siendo fundamental para lograr la meta. Leo había sucumbido
al dolor y la
fatiga. Seguramente rodaba de un lado a otro sobre la cucheta
de proa. Era la primera víctima de la travesía. Afuera
resistíamos estoicos. Desde mi lugar, apenas podía ver cómo Miguel iba
maniobrando la nave. Los
anteojos de sol colgaban ahora sobre su pecho, ligeramente apoyados sobre su
panza. Achinaba los ojos para ver mejor, siempre hace delante. No se cómo no se
le volaba la gorra; la tendría pegada a la cabeza. Íbamos con mucho paño, como
se dice. A los gritos le ofrecimos enrollar un poco la vela de proa, pero se
negó. No tuvimos más opción que confiar en su criterio.
Se me
instalaron imágenes de regatas, naves en nuestra misma condición incluso embarcaciones
de siglos pasados cruzando el Cabo de Hornos, tormentoso la mayor parte del año
por la conjunción de los dos océanos. Nosotros estábamos cruzando a vela el río
más ancho del mundo en medio de un temporal.
A las dos de
la tarde el cielo se abrió sobre nosotros. La tormenta había quedado atrás.
Hora de la merienda. Las damas
a bordo sacaban el dulce de leche y mermeladas, abrían los paquetes de tostadas
y pan que traíamos del Uruguay y calentaban agua en una pava sobre un anafe a
prueba de derrames. Tal cual lo predijera el servicio de meteorología, a las tres
el viento empezó a soplar del este, para entonces yo había retomado el timón
para dejar descansar al capitán. Acomodé las velas de modo que la mayor se
hallara completamente desplegada hacia la derecha, o sea, estribor, de cara
llena al viento que teníamos justo detrás de nosotros, y la vela de proa,
totalmente desenrollada y desplegada hacia babor. Ambas se notaban tensas,
estaban portando bien y habíamos alcanzado la insólita velocidad de 6,7 nudos,
lo que vendría a ser un poco más de 12 km/h.
Anteojos de
sol, camisa blanca de lino, malla y ojotas eran toda mi indumentaria en ese
momento. El mate no paraba de circular, lo mismo que las galletitas y las
tostadas con dulce o mermeladas.
Enseguida
notamos una particularidad del viento del este en el Río de la Plata: hace olas
que pueden superar, tal vez, el metro de altura; olas capaces de levantar un
barco como el Ursitarsen y así fue. A la alegría de haber desarrollado la más
alta velocidad de toda la travesía se le sumaba la extraña sensación de
barrenar olas con un velero de más de ocho metros de largo, unos dos de ancho y
casi otros dos de alto, sin contar la distancia entre la cubierta y el techo de
la cabina.
Navegábamos a
vista de costa, prescindiendo de cualquier herramienta electrónica. Miguel me
había señalado una figura como un pico, delante nuestro, en la todavía lejana tierra.
Eran las cúpulas de la Catedral de San Isidro que se fusionaban en la
distancia. “Mantené la proa hacia ese punto”. Con lo despistado que soy pensé
que necesitaría un Vespucio…
De fondo
sonaban unos melancólicos acordes de Caetano Veloso junto a Gal Costa mientras
compartíamos nuestras impresiones del viaje hasta ese momento, sin perder de
vista la referencia que me había marcado Miguel.
Subimos a la
cresta de una ola. De otra. Una más. Una ráfaga de viento, una racha, carga
medio de costado, sobre nuestro velamen. Se me escapa el timón, la nave baja de
la ola rápidamente mientras dobla a la derecha y se inclina hacia la izquierda,
tanto que la cubierta llega a quedar perpendicular respecto de la superficie
del agua. Habíamos girado casi 90°. El agua se metió dentro de la cabina. Recuperé
el timón, busqué poner la embarcación de proa al viento para que las velas se
descargaran y poder enderezarla, pero sentía que se inclinaba cada vez más.
Había soltado la vela mayor para que flameara y no cargara, pero no había caso.
La vela de proa estaba trabada y seguía portando. Leo, que había salido
corriendo de la cabina, obedeció inmediatamente a Miguel que, mientras corría y
tomaba el timón, le ordenaba destrabarla. El cabo estaba atorado en un rodillo
y otro que estaba suelto comenzó a golpear con fuerza, como un látigo, la
espalda quemada de Leo. Al mismo tiempo que se liberaba, el Ursitarsen volvía a
su posición normal. A medida que recuperábamos la calma nos percatamos de que
nadie había gritado ni entrado en pánico. Nos habían enseñado qué había que
hacer durante el curso, pero no habíamos tenido oportunidad de ejercitarlo en
las prácticas.
El Río de la
Plata nos puso a prueba, nos dio lo que nos había quedado pendiente. El aire
siguió siendo cálido y puro, todo a nuestro alrededor seguía inmutable, como
siempre.
Reestablecidas
las velas, sin dejar el viento directamente detrás de nosotros, seguimos con
proa al Puerto de San Isidro.
Un último
respiro y ya estábamos de vuelta en el canal de acceso al Yacht Club San
Isidro. Ubicamos el barco debajo de la pluma, mientras otros acercaban el
trailer en tierra. Subimos la nave y la trasladamos a su lugar en el varadero.
Tras unos
bocados para el camino nos despedimos bajo promesa de mantenernos en contacto
para arreglar otra salida. Caminé tres cuadras hasta la terminal de la línea de
colectivos 168. Esperé unos minutos en la parada y sentía como si aún estuviera
a bordo del Ursitarsen. Todo se me movía ligeramente. Tenía impregnada la ropa
con el olor de la humedad encerrada en los cabos de algodón y poliéster, las
velas y el plástico del interior del barco y la piel se sentía como después de
un día de verano en la playa, al sol. Por suerte tenía el pelo corto.
Llegó el
colectivo. Saqué el boleto de uno con setenta y cinco. Tenía todos los asientos
a mi disposición. Me dirigí al fondo, el último de los individuales. Acomodé mi
bolso asegurándome de no aplastar la cámara. Me calcé los auriculares y comenzó a
sonar bossa nova. El colectivo dobló a la derecha y luego a la izquierda y me
pareció que escoraba. Con cada loma de burro me recordaba los cabeceos del
velero.
Dos días a
bordo me habían dejado gusto a poco. ¿Y si en lugar de volver al club
hubiésemos puesto rumbo al sur? Ensenada, Mar del Plata, Punta Alta, ¡Toda la
Patagonia! Seguirle la huella a Luis Piedrabuena y llegar a los Canales
Fueguinos. Según Miguel, podía estar en Mar del Plata en tres días. ¡Tres días!
Debo ser de los pocos que, de presentarse la oportunidad, preferirían eso a
seis horas en micro.
Ya estaba a la
altura de Martínez. Al día siguiente sería el único de la tripulación del
Ursitarsen que no tendría que ir a trabajar. La semana de vacaciones que me
restaba la dediqué a trazar mi derrotero a una nueva hazaña.
Eduardo A. Veber
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