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Ghadir

El resplandor de los pabilos incandescentes de la sala iluminaba el terciopelo de sus mejillas. No había nada más hermoso allí, o en el mundo conocido. Sus ojos, del color del café, centelleaban con cada pestañeo. Iba y venía, como la ropa que se tiende al viento. Su alegría era contagiosa y su espíritu reflejaba un recuerdo de saturnalia. Giraba y retozaba en el salón, movía sus manos y sus pies con idéntica agilidad. (¡Su cabello!) Su cabello flameaba con cada paso. Él la miraba. Ella lo miraba. Se buscaban. Él se perdía en contemplación. Había desarrollado la capacidad de observarla y, a la vez, ver todo su porvenir juntos. Barajaba posibilidades, escenarios. Pero, ¿qué otra cosa podría ser la vida sino la materialización del guión de un cínico? Pero eso a él, no le importaba. Sólo quería detener el tiempo y volver eterno cada detalle de su rostro, comenzando por su cabello, su frente, sus cejas delgadas, esos ojos que sentía hundirse en los suyos; su nariz, perdida entre sus rojizas mejillas y, al fin, aquellos labios, delgados, delicados y rematados por unas profundas y tiernas comisuras. Sentía que ella era lo más próximo a esa raza insondable a la que pertenecen los ángeles. Las preocupaciones terrenales se esfumaban en su presencia y todo estaba, por fin, en paz. 

Y así se quedaba él, absorto, recogido en su visión. Los pabilos se consumían. La sombra que ella proyectaba, tan danzante como ninguna, crecía un poco más en las paredes. Y un poco más, lentamente. Hasta que el algodón se ahogaba en la misma cera que, tiempo atrás, lo había sostenido en alto.

* * * 

Cada gota era una explosión, un disparo que estallaba en todo el perímetro del ala de sus sombrero. La tela llevaba tiempo sin un cuidado apropiado, por lo que el agua se colaba por cada intersticio, entre las hebras del tejido. Cada tanto, alguna se escapaba y recorría las arrugas de su frente, descendía por su nariz y agotaba su recorrido en la punta, donde pendía, aguardando. Varias se tambalearon una, dos, tres y hasta más veces, antes de ceder ante la gravedad y caer al olvido de la tierra. O, en todo caso, la brisa fresca era quien las arrancaba prematuramente.

Hundió su mano derecha en el bolsillo del impermeable, retiró una pequeña botella plateada. El pulgar y el índice de la mano izquierda habían perdido la cuenta de las veces que habían hecho crujir la rosca del pico metálico, hacia un lado, hacia el otro. Levantó la mano derecha y llevó la botella a la altura de la boca. Allí la inclinó y dejó caer el contenido, sin que sus labios tomaran contacto con el pico. Cuando no había dentro más que aire, reposó el frasco sobre el banco, acostado cerca del borde. La tapa, colgando de la corta cadena.

Apoyó las palmas sobre sus rodillas, flexionó los brazos y, mientras los extendía, haciendo fuerza, resopló con fuerza por la nariz. Se puso de pie mientras su cuerpo se mecía ligeramente de un lado a otro. El equilibrio era parte de una historia ya lejana.

* * * 

Cada noche que coincidían en esa cantina era un regalo para él, una porción más de un tesoro que creía inagotable. Podía ser la noche más gélida y más oscura, pero ante su sola presencia él podía verse atravesando un campo de trigo alto, con un radiante sol de primavera bañando sus cuerpos. Sentir el calor de la luz en el rostro y compartir esa sensación con ella.

Las velas estaban altas, como recién sacadas de su envoltorio. La llama aún era pequeña. En la barra, tomaron un cacharro, lo colocaron debajo de una vieja barrica y abrieron un vetusto grifo que liberó, a borbotones, el vino tinto. El cacharro viajó a lomo de una bandeja de madera acompañado de otros tantos, para descender en su mesa. Él lo abrazó con las manos y bebió con la sonrisa de quien tiene la certeza de que el deseo que acaba de pedir se materializará de inmediato.

Las flamas habían crecido y la cera, acumulado bajo los candeleros. La bandeja le trajo un cacharro más. La vista clavada en la puerta. Otro cacharro.

Un hombre con notable sobrepeso secó sus manos en el comparativamente diminuto delantal. Tomó un trapo ajado de la barra, comenzó a repasar las mesas y colocar las sillas de cabeza.

Apuró las últimas gotas del vaso, tomó unas monedas de su bolsillo trasero y las tiró dentro. El golpeteo metálico arrancó al hombre del delantal de su ordinaria rutina. Él, entretanto, se había puesto de pie y usaba las paredes para no caer.

* * * 

La lluvia era constante, firme, impía. Movía los pies como si tuviese grilletes. Las piedras del camino traicionaban sus suelas. La brisa había quedado atrás. El ensordecedor rugir de las olas en las rocas no hacía mella en su semblante. El paso era decidido. Se detuvo al filo de la escollera, hundió su mano izquierda en el bolsillo. Abrió el puño y unas gotas azules se escurrieron por sus dedos. Lo que allí estaba escrito, no más. El cielo se había encargado de diluirlo. Inclinó la mano hacia adelante y dejó que la pasta teñida se deslizara al mar.

* * * 

Aquel hombre con el ridículamente pequeño delantal estaba cansado de recuperar monedas de sus cacharros. Nadie gustaba del dinero que apestaba a alcohol. 

El hombre de la mirada perdida, de mediana altura y barba tupida, vestía un jersey con cuello vuelto, de lana negra, raído por el uso y el tiempo, unos pantalones de mezclilla, casi blancos del desgaste y unas zapatillas de tela azules, en condiciones similares a las del pantalón. Las arrugas que poblaban su rostro escondían la faz de un joven abandonado hasta por Virgilio y con quien, el mar y su sal, habían olvidado ser misericordiosos. Este hombre, viejo a palos, fue testigo del recambio de velas y su ceremonioso encendido. Un vaso descendió delante de él y murmuró una palabra de agradecimiento. El cantinero, carraspeando, le dijo, “Dejaron esto para usted”, mientras apoyaba sobre la mesa un trozo de papel. Él levantó la mirada, incrédulo y expectante a la vez, para encontrar una caligrafía delicada, curvilínea, del color del mar que rezaba un “¡Gracias!” 

* * * 

Levantó la mirada. En el cielo que se cernía sobre su cabeza las nubes de plomo se movían con inusitada rapidez. Algunas parecían danzar alrededor de un eje invisible. Era como si un grabado de Doré sobre la Comedia del Dante hubiera cobrado vida. Sintió que eso era lo más próximo que había estado al Día del Juicio. 

El agua golpeaba con fuerza la piel de su rostro. Una ráfaga arrancó su sombrero que voló hacia las rocas de la escollera y fue engullido por la oscuridad del mar. 

Tomado del obenque de estribor, abordó una cáscara de veinte pies, que bien podría haber sido un bote ballenero. Dentro del diminuto habitáculo cerrado encontró una bolsa, con algunas botellas. Con ayuda del timón, luego de soltar amarras, llevó el velero hasta el fin de la escollera y hacia el mar. Allí, con el viento de frente, izó tormentín y mayor. La nave comenzó a sacudirse con fuerza mientras luchaba por abrirse paso entre las altas olas. Nada de su ser podía estar seco ya. Las velas cargaban con violencia por lo que decidió filar hasta donde pudiera. Cada tanto, miraba el compás. Ceñir se había vuelto una tarea mandatoria, ya no importaba el rumbo. Una y otra vez, el agua negra lo cubrió por completo, barrió la cubierta. Las escotas habían comenzado a dejar surcos en la piel de sus manos. Los cabos, antes blancos, se comenzaron a entintar de rosa. Las rachas lo obligaron a cambiar de banda tan seguido, que sentía que había algo sobrenatural ensañado con él. Así, la noche lo encontró trabado en contienda con la naturaleza. 

Tomó de la bolsa una botella con la mano derecha y con los dientes arrancó el corcho. Vertió un poco del contenido sobre su brazo izquierdo. Deforme, inmóvil, magullado, estaba plagado de raspones, hematomas y cortes. Tirado en la cubierta, un motón cubierto en sangre. Algo cegado por el sol en su meridiano, bebió mientras pensaba que no podría haber una peor nostalgia que aquella que se siente al añorar aquello que nunca había ocurrido. El velero se mecía suavemente. Oteó el horizonte. No vio copas de árboles. No vio ramas flotando. No vio tierra. No vio su velamen. En el stay de proa flameaban algunos jirones. La mayor estaba tan desgarrada que para evitar mirarla la había metido a empujones dentro de la cabina. 

Dio otro sorbo. Observó en derredor nuevamente. Era uno de los días más claros, más cristalinos que jamás había vivido. El agua que lo rodeaba parecía un espejo infinito. De un profundo beso terminó el contenido de la botella y se recostó sobre la cubierta; el envase vacío sobre el pecho. Había escuchado que allende los mares y los océanos hay tierras donde comenzar de nuevo.

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