Es uno de esos
domingos en los que te acostaste de madrugada (entero, por razones de
fuerza mayor), y te levantás con una migraña en el hemisferio
izquierdo que te hace sentir que sólo la fractura del globo
terráqueo podría compensar tanto dolor. Ni uno mismo entiende lo
que dice. El día se escurre, minuto tras minuto, hora tras hora, y
todo aquello que tenías pensado hacer queda permanentemente anulado.
Es uno de esos
domingos en los que te invade la angustia de ir a esa oficina al día
siguiente. Una angustia que cala hondo y no sólo frustra, sino que
despierta el rencor con uno mismo, por saberse negligente.
Negligencia que radica en la poca voluntad, o fuerza, volcada a la
búsqueda de un cambio real. Negligencia que la mayor parte del
tiempo se encontró velada por el tul de las promesas de algunos
amigos, como si los invistiésemos con un halo de poder
supraterrenal, dioses que en pocos días pueden generar cambios de
tal magnitud en las empresas en las que trabajan, que harán pensar
al gerente general que nuestra no-presencia en ese codiciado puesto
libre, le está generando millonarias pérdidas a los accionistas.
Es uno de esos
domingos que a uno le gustaría terminar de una forma, pero tiene la
sensación (porque no es más que eso), que el Universo mismo se ha
complotado para que eso tan deseado no ocurra.
Es una noche de
domingo en la que uno se encuentra con un espacio en blanco para ser
rellenado con letras, que las letras formen oraciones (coherentes, en
lo posible), y que entre todas estas se construya una unidad
sintagmática que re defina el curso de la historia de las letras y la
filosofía.
Tantas noches como
esta, sin poder escribir ni medio párrafo... De repente, un pico de
ansiedad, angustia desmedida, una pizca de auto conmiseración y,
¡puf! Ya va casi media carilla de una hoja A4.
Una noche de
domingo que te pone a filosofar sobre el sentido de tu vida. No la de
tus viejos. No la de tu hermana. No la de tus amigos o familia
lejana. La tuya.
Una noche de
domingo, de esas que te devuelven a su cara, a su perfume, a esas
ganas de ver sus fotos quién sabe cúantas veces viste, miraste,
observaste. Al terror de que quepa la posibilidad de verla junto a
otro. Peor, verla 'feliz' junto a otro.
Para cuando uno se
da cuenta, ya no es domingo. Para cuando uno se percata, está
pedaleando, jadeando, transpirando y puteando en un nuevo e
irrepetible ciclo. Como subir, hasta el fin de mis días, las
escaleras de un edificio, alternando frente, contrafrente y
laterales, y nunca más volver a pasar por el mismo lugar.
Una madrugada de
lunes. Fría y áspera, como el trago de la cerveza más amarga.
Esos lunes en los
que uno se acuesta a la madrugada.
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