A través de quienes saben, supe que las tierras de cerros y montañas, de clima generalmente seco, dan vida a una gama de vegetación cuyos frutos concentran el sabor de su especie. Esto fue Salta. Esa uva torrontés aromática, sus deliciosos tintos de altura, cumbres blancas y cardones en flor. En sus venas corre el más refinado folclore y en sus telares se teje la historia. El tiempo no es piadoso, deslizóse rápido y voraz como el agua que socava sus valles y quebradas.
El viajero desprevenido corre el riesgo de quedar cautivo de los colores y matices que, como velos, cubren cada ladera, en una armoniosa combinación de vegetación y piedra, y dormirse en un mullido lecho de tolas, surcando la oscuridad del cielo, esquivando sus infinitas estrellas.
Salta, testigo inmutable de la forja de nuestra independencia, continúa hoy mostrando el camino a través de la calidez de sus peñas y sus ciudadanos que las alimentan con la fuerza de su rica tradición.
Los cardones, desde lo alto de los castillos, como fieles y leales guardianes, custodian el camino que no ha de verse más transitado por hombres esclavos de sus pasiones, traidores o carentes de buenas costumbres.
Este viaje está concluyendo y, sin embargo, continúa; revive en cada recuerdo, en cada relato, en cada anécdota.
Luego del cálido abrazo del reencuentro familiar, tras lo que parecieron meses, se vuelcan en la mesa una cantidad de relatos desordenados, que van buscando su forma al escurrirse en las copas.
Las fotografías fluyen tan rápido como las palabras. Los aromas y los sabores brotan frente a uno con cada historia.
Se termina hablando de Salta con la pasión de quien habla de algo que le es propio.
El viajero desprevenido corre el riesgo de quedar cautivo de los colores y matices que, como velos, cubren cada ladera, en una armoniosa combinación de vegetación y piedra, y dormirse en un mullido lecho de tolas, surcando la oscuridad del cielo, esquivando sus infinitas estrellas.
Salta, testigo inmutable de la forja de nuestra independencia, continúa hoy mostrando el camino a través de la calidez de sus peñas y sus ciudadanos que las alimentan con la fuerza de su rica tradición.
Los cardones, desde lo alto de los castillos, como fieles y leales guardianes, custodian el camino que no ha de verse más transitado por hombres esclavos de sus pasiones, traidores o carentes de buenas costumbres.
Este viaje está concluyendo y, sin embargo, continúa; revive en cada recuerdo, en cada relato, en cada anécdota.
Luego del cálido abrazo del reencuentro familiar, tras lo que parecieron meses, se vuelcan en la mesa una cantidad de relatos desordenados, que van buscando su forma al escurrirse en las copas.
Las fotografías fluyen tan rápido como las palabras. Los aromas y los sabores brotan frente a uno con cada historia.
Se termina hablando de Salta con la pasión de quien habla de algo que le es propio.
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