No debe despojarse a estas palabras del carácter instructivo que las inviste.
La modernidad y el exponencial desarrollo tecnológico que devino con esta, han socavado las bases de la convivencia social y, por qué no, del buen gusto.
Parto de una simple observación.
Camino por Lima, desde Avenida de mayo. Elijo cada uno de los temas que suenan en mis auriculares. Avenida Belgrano está en verde y decido esperar a un metro del cordón. Hoy no me siento muy temerario. Es un buen momento para observar a quienes me rodean, ya sea por desconfianza, o mera curiosidad. Uno nunca sabe cuándo se puede enamorar, ni cuántas veces por cada cuadra. Oteo el cercano horizonte, de derecha a izquierda. Nada muy llamativo. Frente a mí, uno o dos ansiosos amagando a una muerte certera con cada paso que los aleja del adoquín. Y allí, a mi izquierda, como en diagonal, un caballero. Cerrados su meñique, anular y mayor sobre la palma de su mano derecha. Sobre la punta de su aguileña nariz se apoyaba el extremo de su dedo índice, como si de un botón que debía presionar constantemente se tratara. Finalmente, como un alpinista en el tramo más arduo de su ascenso, un oscilante pulgar. La yema, en plena posición supina, orbitaba, giraba circularmente, concéntricamente. Con gran delicadeza se deslizaba sobre el canto de la fosa nasal derecha, como si fuera una copa de cristal invertida, buscando obtener algún fino sonido.
Eso fue todo. Temí ser hallado absorto en tan hipnótico movimiento. Sentí vergüenza de todo tipo. No vi nada y eso fue lo que más temor me produjo; la amenaza latente de la ruptura de un código tácito.
Miré al frente. Los autos se habían detenido muy contra su voluntad, rasgando con furia la senda peatonal. Apuré el paso. Me concentré en la música. Tarde. No fue sino hasta volcar todo esto en palabras, en una concatenación de eventos, de signos lingüísticos, que esa imagen, de inacabada impunidad, continuó rondando mi mente. Con certeza lo seguirá haciendo hasta el fin de mis días.
El Kafka es un teatro que me vio entrar una vez, hace muchos años, tantos que ni siquiera recuerdo qué fui a ver. Saludamos a quienes habían sido más puntuales que nosotros y comenzamos a transpirar. Mi entrada ya había sido muy amablemente adquirida, por lo que procedí a devolver el dinero. Ticket en el bolsillo izquierdo y el programa en mano derecha, abanicándome. Tras unos minutos oteando el acotado horizonte, una estufa, encendida por Caronte mismo. El origen más pudoroso de tan elevado calor sea, tal vez, el hecho inexorable de estar acercándonos, minuto a minuto, al inicio de la obra. Sazonada la inquietud con incertidumbre, dan sala. El acceso es por un pasillo a la derecha del pequeño anfiteatro y a nivel del escenario. El escenario es a nivel del suelo. Ascendimos las gradas y nos ubicamos en las últimas. Cuando los ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra fue que descubrí, vistiendo una suerte de piloto de lluvia gris, una integrante del elenco improvisando s...
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