El Kafka es un teatro que me vio entrar una vez, hace
muchos años, tantos que ni siquiera recuerdo qué fui a ver.
Saludamos a quienes habían sido más puntuales que
nosotros y comenzamos a transpirar.
Mi entrada ya había sido muy amablemente adquirida,
por lo que procedí a devolver el dinero. Ticket en el bolsillo izquierdo y el
programa en mano derecha, abanicándome. Tras unos minutos oteando el acotado
horizonte, una estufa, encendida por Caronte mismo.
El origen más pudoroso de tan elevado calor sea, tal
vez, el hecho inexorable de estar acercándonos, minuto a minuto, al inicio de
la obra.
Sazonada la inquietud con incertidumbre, dan sala.
El acceso es por un pasillo a la derecha del pequeño
anfiteatro y a nivel del escenario. El escenario es a nivel del suelo.
Ascendimos las gradas y nos ubicamos en las últimas.
Cuando los ojos se hubieron acostumbrado a la
penumbra fue que descubrí, vistiendo una suerte de piloto de lluvia gris, una
integrante del elenco improvisando suaves movimientos en una esquina.
Giro la cabeza. Pisan con fuerza el tablón de un
escalón. Murmullo. ¡Siéntense!
Soy un analfabeto. El universo simbólico y el
lenguaje expresivo propios de la danza contemporánea me son extraños. Lo poco
que pude ver, mi acercamiento remoto a esta disciplina, son menos que un
cerrojo por el que espiar.
Pelo atado, a la izquierda de la única fuente de luz
en ese momento. Alejada. Las sombras se escurrían por su espalda dibujando una
armoniosa anatomía. Músculos testigos de una vida de entrenamiento. Ni un trazo
de género. Piel.
El silencio descendió como una pesada neblina. Buenos
Aires es ahora un espacio lejano y que ya no reconozco.
Algo arriba, siempre arriba. Camina. Pie izquierdo.
Pie derecho. Alterna. Se aleja. Llega al fondo del escenario y desaparece tras
un breve biombo negro. No defraudó las miradas de quienes la seguían,
reapareciendo del otro lado, como buscándose.
Cada mujer interactúa con otra, consigo misma. Lejos
del orden y la métrica clásica, aquí hay lugar para dejar fluir. Hay un hilo
que no ata. Cinco espíritus expresándose. Dedos que mecen cabellos. Espaldas
que hacen de cama. Juegan con la luz. Juegan con la oscuridad. Vuelan con los
sonidos y negocian con los silencios. Y todo es armonía, un relato que,
vencidos los prejuicios y abiertos los sentidos, es cristalino y sabe a
ambrosía.
El piso del escenario es un cuadrado partido al
medio. Como si hubiese un eje solsticial, el hemisferio más próximo a la pared
era una jaula azul. El otro, libertad color amanecer. Una de las mujeres daba
vueltas en el primero, sin pisar más allá de la incandescencia selene. Buscaba
sin encontrar, hasta que fue conducida hacia la mitad más cálida. Explota.
Algarabía.
La obra había tomado, para mí, un rumbo que no
esperaba. Un viaje alquímico hacia adentro y a través de la historia. ¿Cuánto
pone uno de sí mismo, allí, a interactuar con esos cuerpos?
Luego todo fue calidez y una puja con una edad
oscura. Un hombre vino a pausar el intenso, armónico, asimétrico ritmo.
Aura. El aquí y ahora. No puede haber nada más
irreproducible que esta sumatoria de momentos.
El universo responde. El cielo rompe en llanto y unas
chapas cercanas se vuelven orquesta. Se siente la fascinación suspendida en el
aire. Piel. Contra el suelo rechinan pies y manos. Se sueltan suspiros.
Revientan jadeos.
¡Qué difícil volcar aquí todo lo que me recorrió en
esa función y lo que surge ahora, al evocarla!
Impávido. Recuerdo percibir mis dedos rígidos, los
tendones tensionados. Expectante. Había un mundo delante, y otro muy diferente,
dentro mío.
Todas las mujeres fueron quitándose lo poco que
llevaban puesto. Piel. Otra vez. El vulgar impulso natural, gutural, había
cedido su lugar a la exaltación de una criatura capaz de crear, capaz de elevar.
Es el tiempo del año en que todo vuelve a nacer. No lo vi como una casualidad.
Hay una articulación entre la obra y este punto de la carrera terrestre
alrededor del Sol. Las mujeres, sentadas.
El espacio se llenó de un aria. Un racconto interno y
una presión en el pecho. Una extasiante conjugación de movimientos, música y
luz. Dialéctica de este lenguaje que se afana en hacerse entender, cautivar y
destruir el dique que contiene nuestras emociones. Se cierra la garganta. Se
tensan los músculos. Miro hacia arriba, siempre arriba. En todo el relato, la
presencia de una búsqueda de algo superior. Piel. Carne. Estoy aquí.
Terminamos el café con leche. Eran las 20. Corrimos a la estación de subte. Nos separaban aún cinco estaciones y dos cuadras y media. Bañado en incertidumbre, pasé el viaje preguntándome qué podría esperar de una obra con desnudos.
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