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En el subte

Se arrancó la casta de cuajo. El acero afilado atravesó el pantalón y las monedas cayeron escamoteadas de carmín. El mismo metal degolló uno a uno los botones hasta desnudar el alma. Con las puntas de los dedos del pie izquierdo pisó el talón de su zapato derecho. Levantando ese mismo pie, lo descalzó. Con las puntas de los dedos del pie derecho, repitió lo mismo con su pie izquierdo. Apoyó cada centímetro cuadrado de sus plantas, desnudas, imperfectas. Apoyó cada ínfimo surco. Sintió el frío terrenal, aquello que corrompe, aquello que crea. Se sintió. Le urgió despojarse de la piel, pero sabía que entonces ya no podría contagiarse su perfume, ya no habría pelos que erizar, músculos que estremecer. Así, desnudo, como la matriz lo trajo, se mostró único, arrebatado de todo aquello que no le era propio, ofreciendo todo lo que él ha elaborado. Así, la contempló, llenándose el espíritu, esperando. El universo se había difuminado, convertido en un lienzo maleable, profundidad insondable con nubes de azúcar. Así, contemplaba. La mirada en alto, sus ojos paseaban por su firmamento. Hiló con sus sentidos y usó de rueca el cuerpo. Elaboró dulces tramados, trenzados con deseos. Unió uno a uno, erigiendo un refugio. Allí, su solaz.

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