Se había quedado dormida, recostada en un
ligero colchón de hojas secas al pie de un árbol. Morgana entreabrió los ojos
cuando unos traviesos rayos de sol se escabulleron entre las ramas de los
árboles y las pocas hojas que les quedaban le acariciaron cálidamente el
rostro. Inspiró profundamente el fresco aire otoñal y observó, con algo de
nostalgia, como el Astro Rey ocultaba ya la mitad de su cuerpo tras las lejanas
montañas. Los últimos minutos de la tarde se habían escurrido entre plácidos
sueños y había llegado el momento de emprender el regreso a su casa.
Se puso de pie, se pasó las manos de arriba
hacia abajo, alisando y limpiando el vestido que tanto amaba y que ya empezaba
a mostrar signos de miles de juegos y del paso del tiempo. Con sus dedos corrió
sus dorados bucles hasta acomodarlos detrás de las orejas y se ajustó la tiara
de flores silvestres. Había sido una mañana muy productiva, y sentía que cada
vez entrelazaba los tallos mejor, con mayor destreza y belleza que las
anteriores. Había querido forjar una para su madre, pero como no pudo
resistirse al canto de las aves y al hipnótico pulular de los roedores de su
bosque lo postergó para otra mañana. Ella sabía que siempre habría flores
esperándola para crear.
El Sol la miró por última vez a los ojos y
se vio a sí mismo estallando en luz dentro de un azul de cielo. Así eran los
ojos de Morgana.
Sin prisa, pero sin pausa, comienza a
caminar por la galería de árboles, practicando equilibrismo al borde de los
surcos de las ruedas de las carretas. El olor del pan delata la proximidad de
la casa. Diez pasos más y puede ver el humo que escapaba presuroso de la
chimenea. Al leve chirrido de los goznes de la puerta sale la madre a su
encuentro, la toma en sus brazos y la alza hasta que sus ojos se cruzan a la
misma altura y besa a Morgana en la nariz. No median grandes diálogos. Basta la
dulzura de sus caricias para invitarla a la mesa. Su pequeño hermano había ya
cenado, privilegios que todos tenemos con sólo meses en este mundo.
Morgana disfruta de un exquisito caldo en
el que se mecen uno o dos pétalos caídos de alguna flor de su tiara. Al
terminar el postre le agradece a su madre, quien le devuelve una sonrisa y le
sugiere ir ya a dormir. La pequeña entendía que aquello era una invitación al
momento de lectura previo al sueño.
Subió a la planta alta y al entrar en la
habitación estiró su brazo izquierdo al costado y apoyó la tiara sobre
una cómoda con espejo. Dos pasos largos, como zancadas y ya estaba sobre su
cama. Se quitó el vestido, que colgó en el respaldo de una silla a la izquierda
de su cama y tomó su pijama, que estaba plegado sobre un banco a la derecha de
la cama. Levantó rápidamente la sábana junto al cubrecama y con ligeros
movimientos se acostó y tapó hasta la mitad de su cara. Giró la cabeza hacia la
izquierda y vió dibujada en la puerta la silueta de un hombre. Éste dio un paso
dentro de la habitación.
La luna ya comenzaba a erguirse sobre el
prístino velo nocturno, salpicado de diminutos resplandores eternos.
Por la luz de la ventana Morgana vio el
rostro cansado pero alegre de su padre quien se acercó e inclinándose le besó
la frente.
“Te ví” le dijo con una profunda y suave
voz. Morgana dejó escapar una sonrisa mezclada con vergüenza. “¿Aún..?”
Ella le respondió moviendo la cabeza en
señal de afirmación conservando la gracia en la comisura de los labios. Alejó
sus ojos de los de su padre. “A veces no”, logró susurrar. “¿Qué me leerás
hoy?”, le preguntó, con los ojos bien abiertos, expectante. Él se volteó para
ver la pequeña, aunque nutrida biblioteca que tenía a su espalda.
Ambos barrieron con la mirada la estructura
entera, cada estante, cada volumen. Antiguos, clásicos y contemporáneos. Todos
habían pasado ya por los ojos de esos ávidos lectores, pero lo que la pequeña
más disfrutaba era oír esas historias, las mismas historias, con la voz del
hombre que la había mantenido a salvo, hasta entonces, de todas aquellas formas
que desdibujan el coraje del hombre.
“Morgana, querida, hemos leído tantas veces
ya esas páginas ajeadas… Hoy te traigo una historia, la he fabricado esta
mañana mientras tu creabas en el bosque.”
Ella lo miró a los ojos, absorta en el
sonido.
“De camino al pueblo invité a un anciano a
subir a la carreta. Me dio lástima el pobre, que apenas podía caminar con su
corto báculo. Como el viaje es relativamente largo, intercambiamos cantidad de
historias, anécdotas. Mi devoción por ti se filtró en algunas y fue entonces
cuando el anciano hombre me habló sobre los picos del Poniente.
Brotaron leyendas sobre las cuevas y sus
moradores. Describió sus especiales características. Forajidos, personas que no
supieron encontrar su lugar en la civilización. Me habló sobre las habilidades
que fueron adquiriendo para encontrar alimento, abrigo y protección. Entendí
que el bosque es un espacio que cobija infinidad de seres; muchos de ellos de
hábitos nocturnos.
Los pobladores del Poniente han adquirido,
con el tiempo, técnicas que les permitieron domar a muchas de estas criaturas
para que les sirviesen como protección. Algunas de estas especies tienen
aspectos realmente aterradores, lo que les es irrelevante puesto que son su
única compañía. A pesar de lo impactante de su apariencia el anciano contó que
algunas cuentan con extremidades de lagartos, aunque su piel no sea escamada.
Todo lo contrario. Las garras sobresalen de un espeso pelaje que recubre todo
su cuerpo, y que éste puede tener los colores del arco iris.”
Morgana escuchaba atentamente y entreabría
su boca en asombro.
“Estas extrañas formas de vida parecieran
tener la capacidad de ahuyentar visitas indeseadas sin mostrar un colmillo
siquiera. Su imagen es su principal arma aunque, de requerirlo, son fieros
guerreros. Estas historias han circulado entre los pueblos vecinos y se ha
corrido el rumor que el portador de una pieza proveniente de estas criaturas
estaría protegido de cualquier amenaza, cual amuleto. Esta versión creció y
empujó a los pobladores a salir a cazarlos a fin de cubrirse de inmunidad
absoluta. El anciano, con algo de tristeza en el rostro, me habló de
sangrientas cacerías que no le harán bien a tus sueños.
Lo que me contó también es que al igual que
muchos lagartos, estas criaturas mudan de piel. Y entre detalles pasó el tiempo
y llegamos al pueblo. El hombre bajó de la carreta, me agradeció y con su
pequeño báculo apuntó en dirección a la frontera entre el bosque y la montaña.
Cuando volví la vista, el anciano ya no estaba allí.
Terminé mis diligencias lo más rápido que
pude. La curiosidad me carcomía por dentro. Me acerqué al borde del bosque y
até la carreta a un tronco. Caminé en la dirección que me había marcado el
hombre y observé.
La luz del sol no lograba hacerse camino
entre la espesura de las copas y el enjambre de ramas. Una hora. Dos. Cuando
comenzaba a pensar que aquello era una locura y que me estaba dejando llevar
por las palabras de un completo desconocido, un diminuto resplandor entró por
el rabillo de mi ojo derecho. Al acercarme no pude evitar que se me escapara el
aliento. Miré a mi alrededor para cerciorarme que nadie me estuviese
observando, y guardé mi hallazgo en la bolsa de arpillera que había bajado de
la carreta.
“Esa bolsa está abajo.”
Con un gesto se puso de pie mientras
Morgana lo observaba con el peso del día cerrándole los ojos.
Al regresar, la encontró profundamente
dormida. Se acercó, sonrió y al inclinarse para besarle nuevamente la frente,
soltó algo en el piso, junto a la cama.
El Sol le acariciaba nuevamente el rostro
cuando se despertó. Sintió algo de culpa. Se quedó dormida con la historia de
su padre. En ese momento recordó. Cuando estaba bajando de la cama notó una
bolsa de arpillera junto a ella. Había una nota encima. La tomó y desdobló el
papel.
“Morgana, querida, he aquí mi hallazgo y mi
regalo para ti. Me tomé la libertad de hacerlo un poco más cómodo. Ten por
seguro que no has de temerle a nada ni nadie más. Que sean para ti, lo que tú
eres para mí.”
Embargada por la intriga, abrió la bolsa
rápidamente y dentro encontró un par de pies. Dos garras en realidad, que
seguramente pertenecieron a una fiera criatura del Poniente. Por dentro le
habían agregado telas y rellenos mullidos. Tras dudarlo unos segundos, se
decidió y calzó primero su pie izquierdo, detrás, el derecho. Era un calzado
extravagante, pero cómodo sobremanera. Levantó la mirada y la dirigió a ese
mueble que tenía frente a su cama, aquél que se erguía cada noche, aterrador.
Un paso. Dos. Tomó los diminutos picaportes y tiró de ellos.
Los años de encierro escaparon y se
arremolinaron alrededor de su cuerpo. Unos segundos y se disiparon. Los
estantes, algunos con ropa vieja, otros con libros pinturas y descoloridas
imágenes. Cerró los ojos. Respiró profundamente.
Esa mañana Morgana creó las más bellas
tiaras de flores silvestres vistas en Poniente.
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