Tras estos largos años, durante los cuales no ha pasado un día sin pensar en ello, esas palabras se hicieron carne, una y otra vez.
Sin lugar a dudas, la definición de ‘irresponsable’ es la más atractiva de todas. En el momento en que escribo estas líneas, sólo puedo pensar en una sola cosa de la que me arrepentiré por el resto de mis días. Esa decisión, esa importante decisión, golpea a la puerta de mis sueños casi todas las noches, invitándome a reflexionar y torturarme durante mi estado inconsciente y más allá, hasta donde los recuerdos oníricos duren. Los ruidos, las voces, los aromas (de los gratos y no tanto). Las imágenes. Las vivencias no vividas, la experiencia no adquirida.
Usted, de ése otro lado dirá que todo pasó por algo. Tal vez una Voluntad mayor a la mía decidió que no era ese el momento. Lástima que no me haya preguntado a mí, le comento a usted, puesto que yo tenía otros planes para mí vida.
Pero por supuesto, si este texto se inicia definiendo ‘culpa’ e ‘irresponsabilidad’, de más está decir que aquello que había planeado para mi vida fue truncado no por esa Voluntad, sino por mí. Por no haber dedicado suficiente tiempo a la ‘debida meditación’. Yo, una persona que se caracteriza por su carácter meramente racional (si dudan pueden consultar a cualquiera que me conozca tan sólo por el término de un año), actué torpemente, bruscamente. Impulsivamente.
Y luego, el error garrafal. Luego, el cruce.
De haber sabido lo que nadie me dijo, esa misma noche habría estado de vuelta, dispuesto a soportarlo todo.
Y luego, el tiempo. Esa criatura invencible, tácita, de paso firme e inexorable. Acabó por patear el tablero.
“Ya estás muy grande”.
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