Lejos de ser el frío que cala los huesos, esta brisa abraza mi cuerpo con frescura. En la piel se conjuga el alivio por el abrasador calor que disipa y la nostalgia por la ausencia de tu abrigo. Y mi nariz, que juega saltando de perfume en perfume en el viento que entra por la ventanilla del taxi y se arremolina en la cara, el cuello, las piernas. Hay perfumes que nunca fueron tuyos y, sin embargo, en ellos te encuentro. Hace rato que la ciudad duerme, quedando en manos de unos desdichados sonámbulos.