El Kafka es un teatro que me vio entrar una vez, hace muchos años, tantos que ni siquiera recuerdo qué fui a ver. Saludamos a quienes habían sido más puntuales que nosotros y comenzamos a transpirar. Mi entrada ya había sido muy amablemente adquirida, por lo que procedí a devolver el dinero. Ticket en el bolsillo izquierdo y el programa en mano derecha, abanicándome. Tras unos minutos oteando el acotado horizonte, una estufa, encendida por Caronte mismo. El origen más pudoroso de tan elevado calor sea, tal vez, el hecho inexorable de estar acercándonos, minuto a minuto, al inicio de la obra. Sazonada la inquietud con incertidumbre, dan sala. El acceso es por un pasillo a la derecha del pequeño anfiteatro y a nivel del escenario. El escenario es a nivel del suelo. Ascendimos las gradas y nos ubicamos en las últimas. Cuando los ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra fue que descubrí, vistiendo una suerte de piloto de lluvia gris, una integrante del elenco improvisando s...