Es uno de esos domingos en los que te acostaste de madrugada (entero, por razones de fuerza mayor), y te levantás con una migraña en el hemisferio izquierdo que te hace sentir que sólo la fractura del globo terráqueo podría compensar tanto dolor. Ni uno mismo entiende lo que dice. El día se escurre, minuto tras minuto, hora tras hora, y todo aquello que tenías pensado hacer queda permanentemente anulado. Es uno de esos domingos en los que te invade la angustia de ir a esa oficina al día siguiente. Una angustia que cala hondo y no sólo frustra, sino que despierta el rencor con uno mismo, por saberse negligente. Negligencia que radica en la poca voluntad, o fuerza, volcada a la búsqueda de un cambio real. Negligencia que la mayor parte del tiempo se encontró velada por el tul de las promesas de algunos amigos, como si los invistiésemos con un halo de poder supraterrenal, dioses que en pocos días pueden generar cambios de tal magnitud en las empresas en las que trabajan, que ...